24/7/14

Buenos Aires IV: la galería que nunca llego a conocer del todo

La Galería Güemes – o Pasaje Güemes, como también se conoce- me es esquiva. Estuve por primera vez hace algunos años y se ve que también era fin de semana porque estaba todo cerrado. Aparentemente de lunes a viernes tiene una gran vida, locales abiertos, café, oficinas arriba y mucho movimiento de gente. Esta vez me propuse volver a visitarla para apreciar todo eso. La noche que iba por Florida buscándola estaba tan agotada y muerta de frío que pasé POR LA ENTRADA y ni me di cuenta. Pensé que me había pasado de largo y no tuve fuerzas como para volver e investigar. Incluso estuve en el local de la entrada (Ligier), noté que había unos andamios en el frente del edificio y ni me percaté de que hacia adentro había una galería. Mucho menos LA Galería Güemes. El pasaje (que tiene salida hacia calle San Martín) que Cortázar menciona en su cuento “El otro cielo” en “Todos los fuegos, el fuego”. 


Cuando esa misma noche volví al hotel, lamentando el “desencuentro”, googleé la dirección y me di cuenta de mi distracción. ¡Tremenda colgadez la mía! ¡Mirá que no darme cuenta que la tenía en mis narices! ¡Estaba parada en la entrada mientras creía haber pasado de largo! Pava. Y testaruda. Por lo que decidí volver a buscarla el último día de mi estadía. Que fue un sábado (de lluvia torrencial y más tarde partido de Argentina-Bélgica), ergo locales cerrados, casi todo apagado y sin vida, nuevamente. Igual se puede disfrutar de los detalles arquitectónicos que son increíbles y fueron construidos inspirados por las galerías Vivienne (Paris) y Vittorio Emanuele II (Milan), según vi en un programa de Canal (á) sobre el art nouveau en Buenos Aires. 



La tercera es la vencida, dice el dicho. Alguna vez te veré con todas tus luces, querida.


23/7/14

Buenos Aires III: todo por un libro

Este post tiene mucho palabrerío y poca foto. Es una aventura que me mandé. Bear with me!


Para este viaje me había propuesto no planificar mucha salida y visita, para no enloquecer de ansiedad. Más bien dejar que las energías, la curiosidad y el día me fueran llevando y, en lo posible, sorprendiendo. No me salió mucho porque Buenos Aires está llena de cosas interesantes y simultáneas pero así y todo dejé lugar para lo fortuito y la improvisación. Yo me había ido con una misión (mentira, unas cuantas): conseguir un libro (el que mencioné al final en este post). No iba a ser fácil porque está descatalogado y olvidado. Solo me había aparecido en la web de Librerías Santa Fe, con un cartel que decía “consultar disponibilidad”. Mala señal.

Durante el primer día en Buenos Aires, en mis recorridas por Av. Corrientes, entré en practicamente todas las librerías a preguntar por el y nada. Ni noticias. Algunos incluso me sugirieron ir a los parques donde venden usados o recurrir a Mercado Libre. Casualmente, antes de viajar yo había encontrado el libro allí. UN vendedor lo tenía. Así que esa sería mi última carta para ganar el juego. Cuando la lista de librerías se me agotó, empecé a considerar la compra en ML, todo con la asistencia de mi iPod touch más el wifi del hotel, que colaboraba bastante. Consulté al vendedor y me informó que estaban en Villa Urquiza. ¡Oh, demonios! Más lejos del centro no podía ser, ¿no? Cuando yo ya descartaba la compra definitivamente, toi me tiró un detalle vía mail que yo ignoraba y me devolvió la esperanza: el subte B me llevaba directo a dicho barrio. Mi planito está muy desactualizado y Macri sigue extendiendo las líneas sin mandarme el memo correspondiente. El paso siguiente fue efectuar la compra – ¡mi debut en Mercado Libre!- y obtener los datos del lugar, que por los días y horarios para retirar el producto pintaba ser una librería. Y lo era. Llamé por teléfono, me aseguré de que tuvieran el libro y salí, entusiasmada, a tomar el subte rumbo hacia Villa Urquiza. Después de media hora de viaje, amenizado con vendedores y músicos callejeros, llegué a destino. Y si yo hubiese tomado la salida correcta habría estado en la mismísima calle de la librería, dos cuadras más arriba, pero no. Salí por otro lado y tuve que preguntar hasta dar con la calle Monroe (que según aprendí ahí no es /monrou/ como la actriz; se pronuncia tal cual se escribe). Minutos después tenía el bendito libro en mis manos. El único que existía a la venta en Argentina tal vez. Última edición: 1985. La felicidad que me produjo no se las puedo describir con palabras. La travesía de un extremo al otro de la Capital bien valió la pena. No atiné a sacarle fotos a la librería Martycer – como documento nomás, no lo ameritaba tanto su aspecto-. Lo único que quería era sentarme con un café, algo sólido para calmar el hambre y hojear el libro desenfrenadamente. Eso si lograba dejar de abrazarlo. 



La calidad de la foto es pésima pero es la foto que saqué en ese momento, con el iPod.