5/2/16

Next stop: Camden town

Hello! Aún tengo muchas más cosas para contarles y mostrarles de London, pero durante enero decidí darles un descanso (mentira, no lo decidí, es que me pasé el mes entero buscando la forma de volver a Londres inmediatamente. No la encontré. Sigo participando, mientras miro las fotos una y otra vez y lagrimeo de nostalgia violenta). En este post elegí llevarlos de paseo a Camden, porque el día que fui estaba nublado y con lloviznas (de los 17 días que estuve en Londres, 15 estuvo nublado así que las chances eran altísimas), igual que hoy acá. Ya ni recuerdo qué día fui, se me hizo todo un matete y una nube, por suerte tengo todo anotadísimo en mi diario de viaje para refrescar la memoria débil (el exif de la foto me informa que fue el 5 de noviembre).



Camden fue unos de los lugares que más me impresionaron y es lógico porque cuando uno asoma desde la estación del subte se topa con una explosión de color, varias cuadras de negocios decorados con cosas gigantes: zapatos, mujeres, aviones, dragones, cabezas. De todo. Ciertamente este barrio de origen industrial y fluvial (es una de las pocas compuertas - locks- que funcionan a lo largo del Regent's canal) ya no reluce como en su época de esplendor en los 70 y 80, cuando era el reducto exclusivo de rockeros, punks, goths y demás faunas musicales. Ahora es... un cocoliche. Mantiene bastante de su esencia rebelde y trashy pero ha sufrido el cambio y se adaptaron a la demanda turística. Muchos puestitos y negocios de baratijas, souvenirs, remeras y sweaters de dudosa calidad. Junto con esto, convive lo tradicional de Camden, los mercados de comidas típicas y los de ropa "del palo": Vans, Dr Martens, atuendos dark, punk, disfraces, tatoo parlours, etc. Nunca llegué a distinguir cuál es Camden market y cuál Camden lock market pero seguramente recorrí ambos y los disfruté. Caminé todas las cuadras hasta el puente, ida y vuelta de ambos lados. Y aquí les dejo una sucesión de fotos casi interminable.






















Si bien lo primero que oí al pisar la calle fue música caribeña (que les debe resultar de lo más exótica), ahí se vive y se respira rock, en su amplitud de concepto. El ambiente te contagia. Yo caí cerca del mediodía y con un hambre voraz, por lo que enseguida tuve que hacer una pausa en el paseo para alimentarme. No quería recurrir a las cosas trilladas o el café de cadena (Starbucks, Nero, Costa, están todos) teniendo TANTAS opciones disponibles así que decidí aventurarme, por fin, con un típico fish and chips (pescado frito y papas fritas). Lo compré en un puesto al paso llamado Poppie's, el más famoso (y pareciera el de mejor calidad), que también tiene sucursal en Old Spitafields Market. La porción era gigante y estaba super caliente así que me senté en alguna superficie (tuve que improvisar porqe el puesto no ofrecía mesas) y ataqué. 


Lo rico que estaba eso, por favor... no pude terminarme ni un tercio así que cerré la cajita y lo guardé para la cena (¡y tampoco pude terminarlo!). Mientras esperaba que se enfriara un poco (y me quemaba las manos) recorrí la feria, el mercado, saqué fotos, me detuve unos minutos en la baranda del canal, aprecié los edificios abandonados, tratando de imaginarme cuál había sido su función tiempo atrás. Una mezcla de nostalgia, decadencia e historia rica te envuelve a cada paso. Disparé infinidad de fotos a dos manos. Iba muy extasiada con la vista. Todo me parecía apasionante y me daba ganas de quedarme charlando con alguna leyenda del barrio para que me contara detalles jugosos de las buenas épocas. 



















Camden es mucho más que estas cuadras comerciales y de feria pero no pude recorrer mucho más, la llovizna me corría de todos lados. Hice otra pausa para un café post almuerzo, esta vez sí en un Caffè Nero. Pedí un espresso con panna que estaba terriblemente fuerte. 


Casi me perfora el estómago. No aprendo más... días atrás ya había comprobado que el expresso de Londres es super intenso, y no debía pedirlo sin una buena dosis de leche. Pero ese día se ve que estaba medio dormida, cansada, distraída con tanta atracción y emocionada, para variar, de haber conocido el mítico Camden. Tanto que hasta me chorreé la ropa con el café. Una capa la tipa. Poco me importó. Me traje un jean manchado con café de Camden, loco. Puro rock lo mío.

Pronto, ¡mucho más!




30/12/15

I'm dreaming of a white Christmas...

Hubiese querido publicar este post antes de la Navidad pero hizo TANTO calor por estas latitudes que no tuve ni ganas de sentarme a redactar (y hoy, cuando por fin me decidí a armar el post, no tenía internet).


Una de las mejores cosas –aparte de admirar y disfrutar el bello otoño- de haber elegido la fecha que elegí para viajar a Europa fue que caí justo para el comienzo de la holidays season, algo que arranca con Halloween y termina en Año Nuevo, creo. En el Reino Unido, además, conmemoran el Remembrance day (junto con otros países europeos que participaron de las guerras mundiales), que incluye una serie de homenajes durante varios días, a comienzos de noviembre, para recordar a los caídos en combate. También por esa época están los festejos de Guy Fawkes (también llamado bonfire night o “the gunpowder plot”) el 5 de noviembre ("remember, remember, the fifth of november"), con shows de fuegos artificiales y fogatas, repartidos por distintos puntos de la ciudad (y el reino entero, sospecho). Todo esto, coronado con los preparativos y decoraciones – ¡que comienzan en octubre!- para festejar la Navidad. Si yo tuviera que describir con palabras lo que significó vivir todo esto, para una persona que vivió toda su vida en el hemisferio sur como yo, padeciendo calores insoportables frente a ventiladores… me quedaría corta. Pero voy a hacer un intento, porque para eso quise armar este post especial festivo. Es terriblemente emotivo y te hace creer que estás dentro de una película. Esa que durante la infancia vimos en la TV para esta época. Cuando llegué a Londres, el 23 de octubre, la ciudad ya estaba pintada de naranja, con calabazas, telarañas y brujas por doquier. Vidrieras, autos, casas, comidas, cafés. Todo estaba decorado para celebrar Halloween. Los cafés ofrecían bebidas especiales, todo era pumpkin-gingerbread-eggnog-something. Incluso en un Starbucks en Notting Hill Gate, el barista estaba DISFRAZADO DE CALABAZA. Todavía me arrepiento de no haberle sacado foto (cuando volví más tarde ya no estaba). 


Les confieso que fue un enorme placer disfrutar el espectáculo visual y a la vez ser parte de la celebración sin tener que soportar a los anti-halloween que solemos ver en Argentina (sus motivos tendrán pero la verdad es que me hartan). Para el fin de semana del 31 de octubre, LA NOCHE de Halloween, yo no estaba en Londres sino en Norwich, visitando un amigo. Allí también los festejos y decoraciones estaban en su esplendor, incluso el edificio de la municipalidad tenía adornos y habían colocado unos altoparlantes con sonidos tenebrosos, tipo película de terror, que se oían a tres cuadras a la redonda. Spooky indeed! Gritos, carcajadas, música incidental. Todo armado para ponerte en clima. Y funcionó, ¿eh? Fue genial poder DISFRUTARLO de verdad, con gente que circulaba disfrazada por las calles. 

Si la casa tenía en su frente una calabaza iluminada, era señal de que el trick-or treater iba a ser bien recibido. Además, había fiestas varias y noches de menús especiales en pubs y restaurants. Todo esto se extendió también durante el domingo 1º de noviembre. Ahora, para cuando volví a Londres el lunes 2, de golpe la ciudad se había transformado. El naranja dejó paso al rojo, verde y blanco, las calabazas a los árboles y las luces de Navidad de Oxford Street se encendían ni bien empezaba a oscurecer (o sea, a las 16). Un espectáculo inolvidable y emocionante. 


En varios lugares habían instalado pistas de patinaje sobre hielo y estuve asiiiiiiiiiii de cerquita de casi animarme a patinar en la del Natural History Museum. Pero no, al final, no. Porque el hielo todavía estaba bastante aguachento, y yo andaba sola, muy cargada. Temí caerme, con mochila y todo, ¿y después quién me ayudaba? Si me estropeaba la ropa, calzado y abrigo, no podía seguir paseando. Me conformé con sacar fotos y ver cómo patinaban otros. Y admirar la vista iluminada, de cuento de hadas. O de sueño hecho realidad. 


Recuerdo que en esos primeros días cuando volví a Londres (estaba ofuscada y angustiada porque el nuevo hotel era EL ESPANTO) me metí en otro Starbucks, a hacer nada en especial. Tomar yet another white tea (o sea, con leche), anotar planes, ver gente, pellizcarme a ver si era conciente de lo que estaba viviendo… y de fondo había música navideña, non stop. Yo no lo podía creer (además pensaba: “shit, cómo voy a añorar todo esto cuando esté en casa, sufriendo la aburrida navidad del sur”, y así fue). La empleada lavaba el piso, me insinuaban que estaban por cerrar y yo no quería irme. Quería seguir cantando con Bublé y soñando. 

El día que conocí Covent Garden Market me di otra dosis de ho, ho, ho! Ya habían ubicado el gigante árbol de navidad, aunque sin adornos ni luces. Un “coming soon” daba la idea de que iba a ser impresionante (después lo vi por fotos y ay, qué bello). Metros más allá, descubrí que Harrods tiene un local chico, exclusivamente de objetos navideños. Regalos, adornos, golosinas y otras cosas para la mesa. Y claro, música navideña de fondo. “It’s beginning to look a lot like Christmas…”, me cantaba Bublé de nuevo, y yo sacaba fotos mientras lloraba disimuladamente.


Solo mencioné estos negocios pero todos ofrecían productos navideños/invernales para volverse loco. Marks & Spencer, Tesco, Twinings, la tienda Harrods, los pubs tradicionales, las librerías, Leadenhall Market, King’s Cross. No me daba la vida para fotografiar todo. Ni la emoción. Era todo demasiado. ¡Y aún faltaba un mes y medio para Navidad! 


Ya que mencioné Harrods, les cuento en detalle. Elegí ir el día que inauguraban las vidrieras navideñas y el Father Christmas Grotto (o sea, la cabaña de papá noel). El sábado 7 de noviembre, al mediodía, bajo la lluvia. Fue el peor momento para ir porque estaba lleno-de-gente. Yo creía que todo el show iba a estar dentro de la tienda pero no, el grotto estaba ubicado en la vereda peatonal del costado de la tienda, ahí nomás de la estación del subte, en una placita especialmente decorada para tal fin. Con juegos para los chicos, elfos graciosos y renos. RENOS. ¿Entienden? Vi renos por primera vez en mi vida. Renos. Con cuernos y caras simpáticas. Voy a confesar acá que, en alguna parte inhóspita de mi cerebro, yo alojaba la idea de que los renos eran seres fantásticos, de cuentos. Como los dragones o los unicornios. Don’t judge me. Nunca me había puesto a pensar si eran reales o no. Lo más cerca que había estado de uno fue un bambi en algún bosque del sur pero ¿renos? Les informo que SON DE VERDAD. Los renos, de papá noel. Ya repetí demasiadas veces la palabra reno. Disculpen. Es que… fue una gran experiencia. Una gran sorpresa. Para rematar la emoción, cuando salí de Harrods desde el cielo caía “nieve” (era una especie de espuma que volaba pero sh, era nieve para mí). Lamentablemente la lluvía hacía que se derritiera enseguida pero verla cayendo era muy de otro mundo.


Entremedio de todo ese espectáculo para la vista y el corazón, llegué a la conclusión de que mi próxima misión, cuando pueda, será pasar a proper white Christmas, abrigada, al lado del fuego, tomando hot chocolate, comiendo pavo y roast potatoes, escuchando a los carolers por la calle, visitando Christmas markets. En London, claro.


Bonus: para no extrañar tanto y hacer de cuenta que estaba allá, el día antes de irme de Londres (el 9/11), en Waterstones, me compré unos saucer christmas crackers, para abrir en la cena de víspera de Navidad. Eran chiquitos y casi no explotaban pero adentro traían chistes tontos (graciosos de tan tontos) y un true or false. Algo es algo, ¿no?



Pronto sigo con los posts de los paseos!
Que tengan un excelente fin de año y comiencen el 2016 con todo el ánimo y alegría del mundo!

Gracias por acompañarme :)